El Valor de la Convivencia

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antonio sancho

¿Cuántas veces has pensado: “Bah! Mis padres no me entienden, son uno viejos que pertenecen a otra generación”?

Es verdad, a mi me pasaba lo mismo con los míos. Hace ya algunos años que fallecieron y todavía hoy encuentro cosas en mí que me acercan a ellos, cosas que son de ellos: expresiones, gestos, refranes, miradas, etc. que probablemente ellos, a su vez, mimetizaron y adoptaron de los suyos. Y cómo me gustaría que estuvieran aquí para decírselo.

Pero, como no están, aprovecho los recuerdos (solo los buenos) para comunicarme con ellos e imaginar en qué mundo o gloria o… en la que estén. Y todo eso me lleva a pensar que nos perdemos una enorme cantidad de oportunidades para conocernos mejor: hijos a padres y padres a hijos. Y eso es lo que al final nos queda de ellos: lo material (su herencia) efímera y muchas veces fuente de problemas entre hermanos y lo espiritual que nadie nos lo podrá quitar nunca.

En mi caso fue a los 18 años cuando acompañé a mi padre a un viaje de dos días por levante cuando conocí su forma de ser y pensar: toda una sorpresa. Eso mismo he intentado con mis hijos y la última experiencia ha sido realizar los 150 km finales del Camino de Santiago con mi hijo pequeño que hoy tiene 17 años.

Ambas experiencias me han ayudado en sus extremos a crecer como persona y este es el valor que quiero expresar: la convivencia con uno de los progenitores de varios días de duración en los que sea casi imprescindible una comunicación fluida, de confianza y completa que permita hablar de lo que casi nunca se hace por falta de tiempo.

Todo ello permite al hijo conocer el pensamiento de su padre o madre sobre temas de interés para ambos, hacer el esfuerzo da compartir temas de cierta profundidad y espirituales que casi siempre son evitados por ser considerados “friquis”: intereses, religión, pensamiento, ideología, objetivos vitales conseguidos o no, miedos, inseguridades, creencias, solidaridad, subdesarrollo, aspectos sociales de la vida, humanismo, etc.

Pero al padre también le ayuda a conocer el punto de vista adolescente o joven de su hijo sobre esos mismos temas y conocer el grado de madurez o inmadurez que tiene sobre esos mismos temas (y el de sí mismo), para poder iniciar una etapa de compromiso y confianza que muy probablemente hasta ese momento les era desconocida.

¿Dónde está entonces el valor? Si etimológicamente valor es lo que hace que algo adquiera mayor importancia o notoriedad, una convivencia valiosa es aquella que adquiere un significado para quien la vive. Hoy la relación paterno-filial está muy influida por modas, imagen y comunicación superficial que en la mayoría de los casos está provocada por la inmadurez e insatisfacción y rencores larvados en los progenitores y transmitida a los hijos de manera muchas veces inconsciente. Y luego nos preguntamos por qué pasan algunas cosas.

Si cuando nacen nuestros hijos, partiendo de que sean deseados, nos volvemos locos de alegría y nos creemos los reyes de la creación (como si fuéramos los únicos que lo han conseguido), qué pronto se nos olvida! Aproximadamente de 8 a 10 años que es cuando pueden empezar a dar problemas. Es en ese momento cuando empieza realmente la responsabilidad de educar con valores; con nuestros propios valores. ¿Los tenemos?, ¿los identificamos y reconocemos?, ¿nos sentimos orgullosos de ellos? Una vez respondidas estás y otras preguntas como esas estaremos en condiciones de transmitir a nuestros hijos algo que nos ha acompañado siempre, que es bueno y que puede hacer que sean mejores personas y no les importe que los identifiquen con esa “lacra” social llamada felicidad.

 

Antonio Sancho

 

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